Posted on ago 29 , 2011 in Novedades en Playa del Carmen

Danza con el gigante del mar

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Danza con el gigante del mar

Fuente: Lanacion.com

Imposible definir los colores del mar. Lo que en fotos parece un excelente retoque digital se transforma en una experiencia casi onírica al navegar por las aguas de Cancún, en las costas mexicanas del departamento de Quintana Roo.

El dégradé va virando del esmeralda al turquesa, y a medida que la lancha se aleja de Puerto Marina, en Punta Cancún -zona ideal para zarpar, ya que se puede salir a mar abierto en calma-, el azul se hace más profundo, pero sigue siendo cristalino y cálido. Gabito es el capitán “y el responsable de que hoy encontremos a los tiburones ballena”, dice Víctor, el guía, dando la bienvenida y anunciando la que será una de las experiencias más increíbles que pueden vivirse.

Es tempranísimo: el transfer llega a las 7 al hotel y la lancha zarpa poco después, por un motivo básico; las estrellas del tour se dejan ver sólo hasta entrado el mediodía, mientras se alimentan en la superficie. Luego siguen su trabajo, pero en las profundidades y ya es imposible verlos.

El madrugón bien vale la pena y el Dramamine también. Fundamental para tolerar los cerca de 45 kilómetros que recorre la lancha hasta fondear en mar abierto y encontrar las coordenadas exactas. Allí, en algún punto cercano a las paradisíacas islas Contoy y Holbox, pasando Isla Mujeres, es donde decide mostrarse la especie que tiene el título del pez más grande del mundo. Bien puesto está: el tiburón ballena mide un promedio de 15 metros y puede llegar a pesar hasta 15 toneladas.

Imposible que no corra un escalofrío cuando los tripulantes describen esta especie, aunque suavizan la descripción tranquilizando: “Se alimentan sólo de plancton, son inofensivos”, aclara Víctor, ya acostumbrado a las caras que mezclan sorpresa y terror de los turistas.

Una oportunidad única

Son pocos los destinos que permiten esta experiencia. Australia, Belice y algunas zonas de Africa conformaban un clásico, pero es donde las aguas del golfo de México confluyen con las del mar Caribe, donde los tiburones ballena migran entre mayo y mediados de septiembre en busca de alimento. El final de la época ideal para el avistamiento coincide con la celebración del día de esta especie, el 30 de agosto, fecha que se fijó en 2008 durante la Conferencia Internacional del Tiburón Ballena en Isla Holbox.

Desde 2009, además, se estableció el norte de la costa de Quintana Roo como Reserva de la Biosfera de este gigantesco pez, por ser el punto de mayor concentración durante la migración anual de la especie. Se estima que cerca de 1400 tiburones ballena arriban cada año, con el único fin de alimentarse, y muy lejos están de encontrar apetitosos a los humanos, como sus parientes de las películas.

Con el sol bien en alto, chaleco salvavidas, snorkel y patas de rana, el equipo está listo para lanzarse a la aventura. El capitán se comunica con otras lanchas, que empiezan a confluir alrededor de una misma zona. Casi imperceptible, alguien ve un delfín nadando cerca de la embarcación. “No es fácil verlos, pero a veces se da”, sonríe Víctor, mientras señala algo que parece una aleta a lo lejos. Una, dos, tres, decenas de ellas. Parece que la jornada trasciende lo esperado: son cientos de tiburones ballena nadando alrededor de las lanchas; estiman que son cerca de 200. Ahora sólo resta respirar hondo y lanzarse al mar, y cumplir el objetivo: nadar con los gigantes.

Conexión absoluta

Bajo el agua, los rayos de sol que atraviesan la superficie hacen más cristalina la visión. Es mar abierto, pero la temperatura es tan cálida como en la costa y sólo el movimiento más agitado del oleaje -y el no divisar tierra cerca- hace caer en la cuenta que uno está en medio del océano, y a pocos metros de cumplir la misión. Al grito del guía de “¡ahí viene uno!, ¡todos abajo!”, la magia comienza. Casi indiferente, pasa a una pequeñísima distancia un gigante de los mares, con su piel grisácea, salpicada de puntos blancos, perfecta e interminable.

El corazón late fuerte, pero la emoción puede más y desde otro ángulo se puede ver su perfil: un ojo, la boca inmensa, entreabierta, el destello del plancton, las branquias que se abren y cierran, el cuerpo que parece eterno y termina en una cola casi del tamaño de los nadadores. A sus costados, como vigías, nadan pequeñas rémoras, una especie que se alimenta de los restos que va dejando el tiburón. No quedan dudas de que su segundo nombre está bien puesto: tanto en tamaño y semejanza recuerda a su gigante prima hermana, la ballena.

Un poco de práctica y enseguida se puede nadar en forma paralela a ellos, que se dejan ver en distintas direcciones, sin siquiera tener que alejarse demasiado de la lancha. El único requisito, como una forma de respeto y preservación de la especie, es no tocarlos ni hacer nada que pueda molestarlos.

El resto es vencer los temores iniciales para entregarse a vivir una de las experiencias más emocionantes y únicas. Basta con sumergirse para observar y acompañar en silencio a estos reyes de los mares en su hábitat natural, y establecer una conexión única, al menos por unos valiosísimos minutos en que nos prestan un pedacito de su mar Caribe y se dejan admirar.

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